La obsesión de ciertos escritores y creadores audiovisuales contemporáneos consiste en recolocar el producto de esa juventud soñadora y ambiciosa, desamparada en mitad de un contexto de crisis (no solo económica), que necesita un mundo propio a través del cual conducir sus vidas. En “Ahora sabréis lo que es correr” Dave Eggers dibuja una intensa carrera alrededor de varios continentes en busca de esa minúscula parcela que otorgue a sus protagonistas el sentido de la vida que su mediocre existencia doméstica ha escamoteado. Cuando no hay lugar para los porqués o los para qué, para las preguntas incómodas que activan nuestra búsqueda vital, hace falta crear un nuevo espacio que nos ayude en este work in progress personal. “Buscarse la vida en América” (Ian Edelman, 2010-11) responde a esos objetivos: narra, como si de una batalla se tratase, el inevitable conflicto entre (buenos) propósitos y resultados; cómo gestionar la espera cuando los proyectos no cuajan; cómo perseverar, aumentando la dosis de optimismo, cuando pincha la expectativa.

Ben y Cam, los protagonistas de la serie, se mueven por las calles de Nueva York con el mismo flow con el que Aloe Blacc grita en los créditos “I need a dollar”. Sin detenerse, como si emanase tal cantidad de energía de su interior que fuesen incapaces de interrumpir su conquista de ese futuro que, una y otra vez, rozan con la punta de los dedos. El trauma del 11-S, con su promesa de recordar la vulnerabilidad de que estamos hechos, parece evaporarse en una serie que, como decía Jay-Z, recupera la ciudad de Nueva York como esa jungla de cemento donde soñar es posible. En esta Nueva York de acento capriano, Ben y Cam atraviesan diferentes estadios de su etapa madurativa, negociando con sus emociones mientras dan un pequeño paso hacia su meta. Y nunca dejan de soñar, imaginando un modesto negocio de monopatines, intentando abrir hueco en el terreno de la moda urbana con una marca textil que, en un mundo tan competitivo y cosificador, sea más que una marca.

Cada vez que hablamos de esa blank generation que, a diferencia de los jóvenes millonarios de Silicon Valley, tiene que partirse el espinazo por conseguir una entrevista personal o cinco minutos de nuestro tiempo, nos preguntamos qué les/nos mueve a no desfallecer. En “Buscarse la vida en América” los esfuerzos de Ben y Cam precipitan la creación de Crisp, algo más que una marca. De hecho, parte de la serie está dedicada a desentrañar la importancia de Crisp, hasta qué punto es el símbolo de una amistad a prueba de tentaciones, la demostración de que se pueden alcanzar los sueños sin trampear ni poner la zancadilla o la ilustración de un estado de ánimo. Porque, sí, quizá Edelman sea incapaz de frenar sus impulsos morales, aprovechando cualquier oportunidad para dibujar una imagen paternalista con sus personajes, pero a veces hay que aceptar esa clase de tutela para percibir una parte de la realidad que se nos escapa: tenemos los recursos, aprovechémoslos.

A veces naïf a veces sincera, “Buscarse la vida en América” construye un microcosmos juvenil trufado de ambición, sensibilidad y ganas de correr riesgos. La crisis se esconde en cada amago de insatisfacción al sentir que hemos tomado la decisión equivocada, que no conseguimos enganchar ese estado de optimismo que nos permite avanzar en la vida. En ocasiones, avanzar en la vida significa, como en el caso de Cam, redefinir el paisaje de blocks que encierran una imagen limpia de la ciudad y su horizonte de oportunidades. En ocasiones, como en el caso de Ben, avanzar en la vida significa erradicar su insatisfacción vital, ese ardor de estómago que tiñe de decepción todo lo que toca (familiar, laboral y sentimentalmente), condenándole a ver el vaso medio vacío. Hace falta negociar con nuestra frustración (aunque eventualmente la toleremos), porque es la clave para no desfallecer mientras buscamos nuestro porvenir.

En “Buscarse la vida en América”, los personajes van y vienen, caminan en círculos o parecen proyectiles disparados hacia una diana concreta. Cada capítulo es un obstáculo y una prueba de valor, en tanto que el sueño amenaza con evaporarse y en una ciudad como Nueva York nunca es difícil encontrarse con alguien que lo ha conseguido antes que tú. Hay algo de obsesivo en la serie creada por Ian Edelman. Sus artífices se afanan en expresar cada estado emocional, cada esperanza y cada nuevo encuentro profesional como un paisaje mutante que gira en torno a la necesidad: la necesidad de creer en los sueños, la necesidad de creer que podemos acomodar nuestra forma de ver las cosas en el mundo, la necesidad de confiar, en uno mismo y en su generación, la necesidad de sentirnos vivos. Ese es el estado de ánimo que define a Crisp. Ese es el estado de ánimo que nos define.