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El Fin de la infancia

Ayer cuando veía las noticias, tuvo lugar la infaltable nota de color sobre el pre estreno de la última película de Harry Potter, exclusiva para famosos y sus hijos. La consigna: ir disfrazado. En uno de los cuadros entra en escena una chica llorando vestida de bruja. Ante la pregunta del periodista, el porqué de sus lágrimas, la chica contesta que esta película representa el fin de su infancia. Aparentaba unos 24 años, por lo que ya era hora.

Recuerdo la primera vez que escuché hablar sobre la saga. Estaba en la secundaria y en un encuentro de “cine debate” iban a proyectar La piedra filosofal. Fue esa vez, o tal vez unos meses antes cuando mi hermana y primas fuera al cine al a ver la misma película. No me gustaba para nada. Cuentos para chicos. Hasta que un día, en la casa de los Puccinelli, esperando a Cecilia, vi que en la biblioteca estaban el tomo 1 y el 2. Sin nada mejor que hacer me puse a leerlos. Los devoré con pasión. Para esa altura, se habían publicado 6 de los 7 libros y habían salido 4 películas. Y los conseguí todos gracias a Mascupon.es. En un click, ya tenía acceso a las mejores tiendas y podía elegir entre una gran variedad de productos los mejores descuentos.

El prisionero de Azcaban: mis inicios en el mundo mágico

Me volví un fan, conseguí el resto de los libros, prestados o en la biblioteca de mi escuela, miraba cada película al terminar un libro y me informaba de detalles extra en Internet. Recuerdo estar un sábado a la noche en el sillón de mi casa sin mejor plan que devorar las páginas de El prisionero de Azkaban (mi preferido) o como cuando el último libro vio la luz, leí una versión transcripta (y tal vez traducida) por gente en Internet en mi vieja Palm. Meses después compré el libro para tenerlo. El único que compré. Era gracioso, la librería estaba decorada con telas de araña y calabazas: nada más alejado al mundo creado por J. K. Rowling.

Harry Potter no es un cuento para chicos. O no es un cuento, exclusivamente, para chicos. Pueden disfrutar de él tanto chicos como adolescentes y adultos. En esa época de ferviente fanatismo llegué a comprar un libro del filósofo Tom Morris llamado Si Harry Potter dirigiera General Electric, un libro sobre liderazgo que refritaba viejos conceptos mostrados en paralelos con escenas de los primeros 6 libros. En cuanto a conseguir este libro, la verdad es que me costó bastante. No lo encontraba por ninguna librería y tampoco en español en las tiendas online. Así que decidí probar suerte con Mascupon.com.mx y cuál fue mi sorpresa cuando lo conseguí a un precio que, sinceramente, con el cambio de moneda, era estupendo.

Lo anterior es la pura verdad. Tengo muchos amigos adultos capaces de hacer cola entre un montón de niños disfrazados para asistir a la premier de alguna de las películas, debatí acaloradamente muchas veces los libros en sobremesas o en cafés, e incluso me encontré más de una vez a los personajes camuflados en ejemplos de papers académicos.

Aventúrate en Hogwarts

Así pues, si pasaste los 25, tal vez viste un par de películas y nunca te le animaste a los libros, te invito a que des un paso adelante y te inicies en las aventuras de Hogwarts. Coleccionando los objetos que pertenecen a las películas, yendo a visitar el Museo de Harry Potter en Londres gracias a las reservas de hotel y avión de Mascupon.com.ar o reviviendo este sueño mágico a través de tus hijos. Créeme que todo es posible. Incluso si piensas que llegas tarde para tomar el tren en el andén 9¾ porque ya están todos los libros escritos y todas las películas rodadas, te cuento que (con acento británico) Pottermore is coming. Un sitio donde la autora propone una nueva forma de contar la historia, haciendo uso de las nuevas formas de comunicar que ofrece Internet.

Crítica de How to make it in America (2010)

La obsesión de ciertos escritores y creadores audiovisuales contemporáneos consiste en recolocar el producto de esa juventud soñadora y ambiciosa, desamparada en mitad de un contexto de crisis (no solo económica), que necesita un mundo propio a través del cual conducir sus vidas. En “Ahora sabréis lo que es correr” Dave Eggers dibuja una intensa carrera alrededor de varios continentes en busca de esa minúscula parcela que otorgue a sus protagonistas el sentido de la vida que su mediocre existencia doméstica ha escamoteado. Cuando no hay lugar para los porqués o los para qué, para las preguntas incómodas que activan nuestra búsqueda vital, hace falta crear un nuevo espacio que nos ayude en este work in progress personal. “Buscarse la vida en América” (Ian Edelman, 2010-11) responde a esos objetivos: narra, como si de una batalla se tratase, el inevitable conflicto entre (buenos) propósitos y resultados; cómo gestionar la espera cuando los proyectos no cuajan; cómo perseverar, aumentando la dosis de optimismo, cuando pincha la expectativa.

Ben y Cam, los protagonistas de la serie, se mueven por las calles de Nueva York con el mismo flow con el que Aloe Blacc grita en los créditos “I need a dollar”. Sin detenerse, como si emanase tal cantidad de energía de su interior que fuesen incapaces de interrumpir su conquista de ese futuro que, una y otra vez, rozan con la punta de los dedos. El trauma del 11-S, con su promesa de recordar la vulnerabilidad de que estamos hechos, parece evaporarse en una serie que, como decía Jay-Z, recupera la ciudad de Nueva York como esa jungla de cemento donde soñar es posible. En esta Nueva York de acento capriano, Ben y Cam atraviesan diferentes estadios de su etapa madurativa, negociando con sus emociones mientras dan un pequeño paso hacia su meta. Y nunca dejan de soñar, imaginando un modesto negocio de monopatines, intentando abrir hueco en el terreno de la moda urbana con una marca textil que, en un mundo tan competitivo y cosificador, sea más que una marca.

Cada vez que hablamos de esa blank generation que, a diferencia de los jóvenes millonarios de Silicon Valley, tiene que partirse el espinazo por conseguir una entrevista personal o cinco minutos de nuestro tiempo, nos preguntamos qué les/nos mueve a no desfallecer. En “Buscarse la vida en América” los esfuerzos de Ben y Cam precipitan la creación de Crisp, algo más que una marca. De hecho, parte de la serie está dedicada a desentrañar la importancia de Crisp, hasta qué punto es el símbolo de una amistad a prueba de tentaciones, la demostración de que se pueden alcanzar los sueños sin trampear ni poner la zancadilla o la ilustración de un estado de ánimo. Porque, sí, quizá Edelman sea incapaz de frenar sus impulsos morales, aprovechando cualquier oportunidad para dibujar una imagen paternalista con sus personajes, pero a veces hay que aceptar esa clase de tutela para percibir una parte de la realidad que se nos escapa: tenemos los recursos, aprovechémoslos.

A veces naïf a veces sincera, “Buscarse la vida en América” construye un microcosmos juvenil trufado de ambición, sensibilidad y ganas de correr riesgos. La crisis se esconde en cada amago de insatisfacción al sentir que hemos tomado la decisión equivocada, que no conseguimos enganchar ese estado de optimismo que nos permite avanzar en la vida. En ocasiones, avanzar en la vida significa, como en el caso de Cam, redefinir el paisaje de blocks que encierran una imagen limpia de la ciudad y su horizonte de oportunidades. En ocasiones, como en el caso de Ben, avanzar en la vida significa erradicar su insatisfacción vital, ese ardor de estómago que tiñe de decepción todo lo que toca (familiar, laboral y sentimentalmente), condenándole a ver el vaso medio vacío. Hace falta negociar con nuestra frustración (aunque eventualmente la toleremos), porque es la clave para no desfallecer mientras buscamos nuestro porvenir.

En “Buscarse la vida en América”, los personajes van y vienen, caminan en círculos o parecen proyectiles disparados hacia una diana concreta. Cada capítulo es un obstáculo y una prueba de valor, en tanto que el sueño amenaza con evaporarse y en una ciudad como Nueva York nunca es difícil encontrarse con alguien que lo ha conseguido antes que tú. Hay algo de obsesivo en la serie creada por Ian Edelman. Sus artífices se afanan en expresar cada estado emocional, cada esperanza y cada nuevo encuentro profesional como un paisaje mutante que gira en torno a la necesidad: la necesidad de creer en los sueños, la necesidad de creer que podemos acomodar nuestra forma de ver las cosas en el mundo, la necesidad de confiar, en uno mismo y en su generación, la necesidad de sentirnos vivos. Ese es el estado de ánimo que define a Crisp. Ese es el estado de ánimo que nos define.

Crítica de How I met your mother (2014)

 

Una película del montón puede quedarse en la memoria para siempre si tiene un final impactante. Si un ensayo mediocre se remata con una frase final perfecta, la valoración sobre el texto será más positiva. Y de la misma manera, si una serie que ha estado en antena la friolera de nueve años, con sus más y sobre todo sus menos, termina con un episodio final para el recuerdo, será más fácil olvidar todo lo malo y quedarse con lo bueno. Mi relación con “Cómo conocí a vuestra madre” (How I Met Your Mother) ha sido de amor amistad-odio desde la cuarta temporada, y en sus últimos años me ha resultado muy difícil recordar por qué un día fuimos amigos. Con “Last Forever” he conseguido perdonar el insoportable estiramiento y la progresiva pérdida de gracia de la serie, gracias a un final redondo que incide en el aspecto más amargo y real de esta historia, precisamente lo que más me ha gustado siempre de ella. Y así, echando la vista atrás y haciendo balance, no puedo sino expresar mi profunda admiración por unos guionistas que han sabido elaborar un magnífico plan narrativo a largo plazo en el que todas las piezas han acabado encajando, y que han mimado su historia y a sus seguidores con un detallismo virtuoso.

Siempre he dicho que ”Cómo conocí a vuestra” madre quizás debería haber sido una dramedia, puesto que cuando más brillaba era cuando se proponía conmover y entristecer al espectador con los reveses que el destino le tenía reservado a sus protagonistas. Por eso, durante la recta final de la serie, y después de una novena temporada fallida por lo general, tuve la corazonada de que “Cómo conocí a vuestra madre” se despediría haciendo lo que mejor se le ha dado siempre, tocando la fibra sensible, dando con la nota emocional adecuada. Tenía la certeza de que “Last Forever” sería un buen final, pero lo que no imaginaba es que sería tan arriesgado (paradoja teniendo en cuenta que estaba pensado desde el principio), tan melancólico, y tan polémico. Al igual que otro ambicioso final de sitcom, el de “Will & Grace”, la series finale de Cómo conocí a vuestra madre es una coda tremendamente agridulce, poco complaciente, pero muy coherente con las trayectorias de sus personajes. “Last Forever” duele, incluso enfurece, porque no es un final de cuento de hadas, es un final que transcurre dentro de los límites de la realidad.

A través de constantes -y emocionalmente agotadores- saltos, ahora casi exclusivamente hacia adelante, el final de “Cómo conocí a vuestra madre” nos muestra cómo estos cinco amigos se enfrentan al paso del tiempo y luchan por mantener el contacto, aunque sea solo en los acontecimientos más importantes de sus vidas. Lily es el pegamento que intenta mantener a la pandilla unida por todos los medios. Pero es complicado cuando hay niños, cuando hay mudanzas, cuando no hay suficientes horas en el día y las prioridades cambian. Life happens. Mientras Lily y Marshall se mantienen como la pareja más sólida de la sitcom moderna, el resto de personajes lidian con las consecuencias de sus decisiones, afrontan los cambios y se resignan a lo que no puede cambiar. Pero todos, cada uno a su ritmo, acaban dando con aquello que les proporcionará la clave para ser feliz. En la que quizás es la escena más desarmante y enternecedora del episodio, Barney halla en la paternidad la garantía de un amor para siempre, algo que no ha conseguido con Robin (Neil Patrick Harris se despide de la serie por todo lo alto con esta escena). Puede parecer un cambio precipitado, pero recordemos que debemos considerar el factor de las elipsis, es decir, toda la evolución de la que no somos testigos, todo el dolor que no vemos, pero que sí deberíamos reconocer en los personajes. Dolor que se magnifica cuando los vemos separarse una y otra vez, distanciarse, y saludarse de forma cada vez más fría y extraña. Ver a la pandilla desintegrarse poco a poco, y en concreto a Robin perdiendo el contacto con sus amigos, conforma un final difícil de digerir, pero profundamente pertinente y franco.

Sin embargo, la decisión que más ha dividido a los espectadores ha sido la de unir a Ted y Robin en la última secuencia de la serie. Para muchos, esto supone poco menos que una traición, una puñalada al desarrollo de estos personajes a lo largo de los años. Pero precisamente ahí está la clave para entender y aceptar este final, en el paso del tiempo. Ted y Robin no huyen juntos el día de la boda de Robin y Barney. Ni siquiera tenemos garantía de que pasarán el resto de su vida juntos. Como decía, esto no es un final de comedia romántica bajo la lluvia, no es un forzado y simplón “vivieron felices y comieron perdices”. Lo suyo es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad, después de más de quince años (es decir, de toda una vida) en los que ambos han seguido cambiando, madurando, convirtiéndose básicamente en otras personas. El Ted que aguarda a Robin con la trompa azul bajo la ventana no es el mismo que el del episodio piloto, y no es el mismo que el del resto de la serie. Si tenemos en cuenta la historia de estos personajes, que se conocen desde hace ya 25 años, sus tragedias personales, y el gran papel que la soledad (o más bien el miedo a la misma) ha ejercido en sus vidas, es una conclusión perfectamente lógica, incluso la única posible para hacer justicia a la historia y el tiempo invertido en ella. Ya no es que Ted y Robin hayan sido siempre el uno para el otro (esa descripción pertenece a Ted y Tracy), es que el tiempo, en su capricho infinito, ha dispuesto los acontecimientos de sus vidas para que lo suyo finalmente tenga sentido.
“But love doesn’t make sense! I mean you can’t logic your way into or out of it. Love is totally nonsensical, but we have to keep doing it or else we’re lost and love is dead and humanity should just pack it in. Because love is the best thing we do.” -Ted Mosby

Si lo pensamos, “Cómo conocí a vuestra madre” ha sido una serie increíblemente triste, la historia de un hombre definido por su deseo de amar y ser amado, y aplacado por un destino que nunca simpatizó especialmente con él. La muerte de la madre (que Internet llevaba ya meses vaticinando) estaba planeada desde el principio, como confirma la última conversación de Ted con sus hijos, y es la última pieza del puzzle del personaje. Es esa conversación (que los actores adolescentes grabaron en 2006) lo que da sentido completo a la serie, lo que redime finalmente a Ted -si es que todavía quedaba alguien que lo considerase un simple desesperado.

¿Por qué ha estado contando este eterno relato sobre la madre de sus hijos y esta apenas ha aparecido en él? Los hijos lo tienen claro, además de un precioso homenaje, ha sido una larga treta para buscar su aprobación, para asegurarse de que, después de la horrible pérdida de su madre, están preparados para que su padre declare su amor (eterno y sincero) a la tía Robin. Esto no invalida el profundo amor de Ted por Tracy, al contrario, lo fortalece, lo eterniza (recordad, han pasado seis años desde su fallecimiento). No nos han hecho adorar a la madre para nada, nos han hecho adorarla para que entendamos a Ted, para que seamos conscientes del lugar en el que se encuentra mientras narra su historia, para que sepamos hasta dónde llegan sus sentimientos por Robin. Y si los niños lo entienden y dan su visto bueno, ¿quiénes somos nosotros para negar a Ted y Robin un último para siempre, el que sea quizás el único resquicio para hallar la felicidad y derrotar por fin a la soledad? La tesis final de “Cómo conocí a vuestra madre” es por tanto que el amor puede ser obra del destino o el resultado de una complicada historia que abarca media vida, pero lo más importante es no dejar nunca de amar.

“Last Forever” pone el perfecto broche final a una serie muy lejos de ser perfecta (claro que una ficción longeva como esta no puede ser nunca perfecta por definición). Este desenlace contrarresta de algún modo, incluso justifica, el alargamiento de la historia, y si bien no nos hace olvidar las incontables horas de relleno, nos ayuda a despedir la serie con una sonrisa, y en mi caso (seguramente el vuestro también), más de una lágrima. Una por su gran trabajo a la hora de enlazar con el final algunos de los momentos más icónicos de la serie (el Playbook de Barney, la calabaza putón, todos los high fives, los legendary…) y utilizarlos para celebrar a sus personajes y redondear sus caracterizaciones. Otra porque podemos ver en los rostros de los actores el dolor que les causa despedirse de ellos (fue devastador ver a Alyson Hannigan interpretándose a sí misma durante todo el episodio). Una más porque nos hace reflexionar sobre la pérdida (la del amor ni más ni menos, no se me ocurre nada más lacerante), sobre lo que dejamos atrás, y aquello a lo que tenemos que renunciar para seguir adelante, sobre los cambios y la fragilidad de la amistad a medida que avanzamos en la vida. Y una última porque comprobamos que el tiempo se nos va, y no hay nada que aterrorice más, como bien sabe Ted Mosby, que verlo pasar y no haber encontrado ese “para siempre”.

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