Mes: mayo 2018

Crítica de la película Pompeya (2014)

Pompeya (2014)

El nuevo trabajo de Paul W.S. Anderson llega durante una época en la que Hollywood —dando sus hoy habituales palos de ciego— reaviva su interés en la producción películas que se inscriben, de alguna manera, en la vaga categoría subgenérica del peplum. Sin embargo, ‘Pompeya’ rompe de manera desconcertante con los patrones del cine de espada y sandalias más influyente de la última década. No hay rastro en ella de la estilización anabolizada de las imágenes que ofrecían ‘300’ (íd., Zack Snyder, 2006), ‘Immortals’ (íd., Tarsem Singh, 2011) y ‘300: El origen de un imperio’ (300: Rise of an Empire, Noam Murro, 2014); de la vertiginosidad de ‘Furia de titanes’ (Clash of the Titans, Louis Leterrier, 2010); de los arrebatos horteras y kitsch de ‘Hércules: el origen de la leyenda’ (The Legend of Hercules, Renny Harlin, 2014); o siquiera del clasicismo crucificado en los dominios del revisionismo político de ‘Ágora’ (Alejandro Amenábar, 2009) y ‘La legión del águila’ (The Eagle, Kevin Macdonald, 2011). Desde este punto de vista, lo primero que llama nuestra atención es el completo desinterés del director británico por la determinante tendencia estética inaugurada por Snyder y sus espartanos. Resulta extraño que un coprófago exquisito como Anderson deje pasar la oportunidad de apostar por la sinergia a-narrativa de medios expresivos sobre la superficie de lo digital. Lo más lógico es atribuir la contención expresiva de este blockbuster escasamente ambicioso a su carácter de encargo, de proyecto alimenticio. Su burdo guion no contribuye a vivificar un espectáculo poco emocionante que, pese a todo, es sólido a su manera y se ve con agrado. Apenas atisbamos al Anderson más desvergonzadamente b en apuntes y detalles muy concretos: los diálogos chulescos entre gladiadores, los aspavientos de un enloquecido Kiefer Sutherland o el desenlace ígneo. Por decirlo de otra manera, nos encontramos ante un desviamiento, si bien forzoso, de la orientación creativa de sus últimas películas que, no obstante, resulta a la postre más interesante de lo que aparenta en un principio.

‘Pompeya’ invoca el fantasma de ‘Espartaco’ (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960) y se ciñe esforzada y voluntariosamente a un modelo de cine de entretenimiento a todas luces “pasado de moda”. La obra lleva la propuesta hasta límites paroxísticos: no solo prescinde de la digitalización de la imagen —en la medida de lo posible— durante gran parte del metraje, sino que, a nivel argumental, se enraíza en tradiciones narrativas y discursivas sepultadas tiempo atrás bajo el cáustico descreimiento de la posmodernidad. Una trama que implica superfluos tejemanejes políticos entre Roma y la orgullosa Pompeya, combates cuerpo a cuerpo —poco aparatosos para hablar de quien hablamos— y la historia de amor imposiblemente casta de un zarrapastroso gladiador, Milo El Celta (Kit Harington), y una noble, Cassia (Emily Browning), sellada en un beso final inmortalizado por el efecto petrificador de la lava. Claramente, lo que mejor define la impronta autoral de Anderson es su carácter de batiscafo del lodazal cultural, su entendimiento del cine como “tierra de nadie” sin categorías ni fronteras que sirve de punto de encuentro para cualquier manifestación del audiovisual popular, desde el videojuego hasta el videoclip, pasando por el trailer o el spot publicitario. No obstante, y desde un enfoque temático, sus películas se han convertido en reflejo de la condición existencial del hombre en la «era multimedia».

Menos acrítico de lo que podría sugerirnos su epatante retórica visual, la misantropía ensombrece el discurso de películas de indisimulada vocación pulp como ‘Horizonte fina’l (Event Horizon, 1997), Resident Evil (íd., 2002) e incluso artefactos de apariencia tan inocua como ‘Alien vs Predato’r (íd., 2004) —su exploit de los célebres filmes de Ridley Scott y John McTiernan— y ‘Los tres mosqueteros’ (The Three Musketeers, 2011) —revisión bufa y desmitificadora de la novela de Dumas en clave steampunk—. Una idea similar a la que nos transmite el tejido social de Pompeya, donde los poderosos esclavizan y someten a los débiles y las inocentes clases medias —una pena que esté tan desaprovechada la subtrama que protagonizan Carrie-Ann Moss y Jared Harris— conspiran para hacerse con su pequeña parcela de poder. De la misma manera, la ciudad a los pies del Vesubio remite a una geografía típicamente andersoniana: el escenario postapocalíptico o en peligro de extinción; mundos al borde del colapso regidos por una fuerza opresora omnímoda y a menudo invencible. El Imperio Romano de la película que nos ocupa es equiparable al régimen militar y tecnófilo de ‘Soldier’ (íd., 1998), la megacorporación Umbrella de la saga ‘Resident Evil’ o la dictadura liberal —digna de los Chicago Boys en sus momentos de mayor inspiración— de ‘Death Race’ (íd., 2008). Una tiranía que se camufla bajo formas diversas y que, invariablemente, cosifica a los héroes para comercializarlos y desecharlos cuando dejan de ser útiles. La secuencia clave de su filmografía reciente la hallamos en ‘Resident Evil: Ultratumba’ (Resident Evil: Afterlife, 2010), y es aquella en la que una atónita Alice (Mila Jovovich) descubre que han sido creados cientos de clones física y psíquicamente idénticos a ella. La propia Alice, en ‘Resident Evil: Venganza’ (Resident Evil: Retribution, 2012), deberá enfrentarse a un enemigo que ha transmutado la experiencia en su simulacro virtual. Paralelamente, en ‘Death Race’, Jensen Ames (Jason Statham) y ‘Machine Gun’ Joe (Tyrese Gibson) se aperciben de que jamás podrán ganar la partida en un juego cuyas reglas han definido otros; un eco de este concepto resuena en el Atticus (Adewale Akinnuoye-Agbaje) de ‘Pompeya’, que termina por desengañarse de las promesas romanas a las que cándidamente se había aferrado.

El punto de inflexión —con sus connotaciones metarreferenciales— de cada una de las producciones citadas es siempre aquel momento en que los protagonistas —psicológicamente planos, muñecos de acción articulables— toman consciencia de su condición de productos de consumo fabricados en serie y se rebelan contra la maquinaria del sistema. Pero aunque Milo y Cassia trasciendan sus roles sociales y desafíen los dictados de la figura opresora que representa el pérfido cónsul Corvus, son dos personajes trágicamente arraigados en unas tradiciones de la ficción popular tan amenazadas como la ciudad romana que da título al filme. Residuos del clasicismo que serán arrollados cuando el volcán estalle furioso. En estos últimos compases, los mejores y más personales del conjunto, el realizador recrea con solvencia la destrucción de un mundo, tiñendo los fotogramas de un sugestivo tono ceniciento y cobrizo, recurriendo a un exuberante arsenal CGI con el que acribilla a todas esas figuras obsoletas, inconscientemente autoparódicas, retoños —vaciados de espesor dramático— de tradiciones genéricas que el director lleva años reescribiendo con la caligrafía de la Hipermodernidad. Sin sombra de su acostumbrado cinismo, Anderson reserva un bello gesto final, en forma de abrazo eterno, a la pareja protagonista. En el plano que cierra la película quedan relegados a su condición de piezas de museo, últimos depositarios de unas coordenadas afectivas, morales y expresivas periclitadas, en las que ya no podemos creer.

“Amish”: un viaje al pasado

“Único Testigo”, “Amish Grace” o “Salvando a Sarah Cain” son algunos títulos del cine que nos han acercado la imagen de una comunidad religiosa realmente peculiar: los “Amish”. Un grupo cultural, étnico y religioso celoso de sus costumbres y tradiciones, prácticamente hermético a las innovaciones y avances de hoy, los Amish viven atrapados en el pasado, aferrados a su fe y alejados de las tentaciones del mundo actual, en constante lucha contra las presiones de la modernidad.

Con un estilo de vida modesto, sencillo, rural, tradicional y anclado en una interpretación estricta de las Sagradas Escrituras, los Amish han variado poco su forma de entender la vida desde el siglo XVII, aferrándose a unas tradiciones y a una forma de vida que arrancan del centro de Europa, de donde este grupo étnico, cultural y religioso es originario. Su vestimenta, sus costumbres, sus normas y sus prácticas religiosas sorprenden en pleno siglo XXI, en un Mundo globalizado, tecnológico y en el que la prisa y la inmediatez de nuestro estilo de vida chocan frontalmente con unas comunidades Amish que, allá donde se encuentran, constituyen todo un atractivo turístico, un viaje a un pasado de hace siglos.

Los Amish rondan las 250.000 personas agrupadas en unas 22 comunidades repartidas en EE.UU. y Canadá, como legado de los primeros colonos de Norteamérica que procedían del centro de Europa, fundamentalmente de Alemania, Holanda y Suiza. Integrados en el grupo religioso de los menonitas, los primeros Amish que llegaron al Continente americano lo hiceron huyendo de la persecución católica y protestante de la que eran objeto en Europa durante los siglos XVI y XVII, luego que en 1536 el sacerdote holandés Menno Simons abandonara la Iglesia Católica y tomara las ideas “anabaptistas” (sector cristiano, que recibió este nombre porque sostenían que el bautismo debía hacerse en personas adultas y no en bebés y niños, que aún no eran poseedores de fe, existiendo desde la antigüedad y la Edad Media, antes de la prédica de Lutero, siendo perseguidos por católicos y protestantes precisamente por esa concepción del bautismo). La mayoría de los grupos menonitas evolucionaron en la década de 1860 integrándose en la sociedad norteamericana que les rodeaba, excepto los Amish, quienes, de la mano del obispo menonita suizo Jacobo Ammann, que impulsó la creación de la “Iglesia de la Vieja Orden Amish“, optaron por aislarse de la violencia y los vicios que conllevaba la modernidad y continuar viviendo como lo habían hecho desde hacía siglos, aferrados a sus creencias bíblicas, aplicadas hasta límites insospechados, aferrándose al pasado, las costumbres y tradiciones, y en contra del progreso.

Como consecuencia de su aislamiento secular, los Amish siguen conservando sus raíces europeas en su lengua, hablando un dialecto conocido como “Deitsch” (“alemán de Pensilvania”), “Swiss” (“suizo”) o “Dutch” (“holandés”), según sus antepasados procedieran de Alemania, Suiza u Holanda, respectivamente. Sólo los “Beachy Amish” (los Amish de la generación de los años 60) suelen hablar el inglés entre ellos, tal vez una de las pocas concesiones que han hecho al mundo que los rodea y del que viven aislados.

Regidos por la “Ordnung” o “reglas de la comunidad”, los Amish difieren en esas normas según la comunidad de que se trate, siendo que lo que puede estar permitido en una no lo esté en otra y viceversa, pero siempre caracterizándose, en términos generales, por una estricta interpretación del Nuevo Testamento que se extiende a todos los aspectos de la vida comunitaria y personal, destacando la prohibición del uso de la electricidad y las nuevas tecnologías, así como los estrictas reglas a la hora de vestir y la prohibición de aceptar ayudas del Gobierno de cualquier tipo, así como, desde luego, la regla de oro de la no violencia. Aquellos miembros que no aceptan estos principios y que no pueden ser convencidos de arrepentirse, son excomulgados y rechazados.

Sin embargo, como hemos indicado, la “Ordnung” de cada comunidad Amish es variable al no existir una jerarquía religiosa que unifique las normas de conducta de forma abosluta. Así, cada comunidad Amish es la que elabora y aprueba sus propias normas, siendo posible que en los casos en que resulte absolutamente indispensable para la vida de la comunidad se acepte la introducción de alguna tecnología en la comunidad para casos específicos, pero siempre evitando el contacto con el exterior, de modo que, por ejemplo, cuando es indispensable, los Amish producen su propia electricidad sin conectarse a la red eléctrica y sólo para satisfacer una necesidad específica.

En cualquier caso, y a pesar de las diferencias y flexibilidad entre comunidades, la rigidez y la radicalidad en la interpretación de La Biblia en comparación con la sociedad moderna es lo que caracteriza a todas las comunidades Amish, celosas de su intimidad y siempre temerosas de las influencias externas, basándose para ello en las Escrituras: “raza elegida, una verdadera comunidad cristiana, una nación sagrada, el pueblo de Dios” (1 Pedro 2:9); no se “conforman con este mundo” (Romanos 12:2); evitando el “amor del mundo o de las cosas que viven en él” (1 Juan 2:15); y la creencia que “la amistad con el mundo los enemista con Dios” (Santiago 4:4). Una concepción de la vida y de la religión que choca con la sociedad moderna que los rodea, lo cual, no pocas veces, les ha generado conflictos con las autoridades locales en las que se asientan las comunidades, ya que, a pesar de no usar la mayoría de los servicios públicos, han de pagar impuestos, salvo la Seguridad Social de cuyo pago están exentos.

La gran mayoría de las comunidades Amish se encuentran en los EE.UU., destacando el Condado de Lancaster en Pensilvania, también llamado por esta razón el “Condado Amish“. Quizás las comunidades Amish de este Condado sean de las más abiertas, de ahí que presenten una relativa interacción con la comunidad local, incluso con el turismo. Así, existen en el Condado de Lancaster numerosas tiendas que venden souvenirs Amish, regentadas por comerciantes locales no Amish que venden artesanías que a su vez han comprado a los Amish, destacando en este punto las localidades de Intercourse y Bird in Hand, donde se concentran el mayor número de este tipo de tiendas. Existen incluso museos dedicados a la historia y el modo de vida de las comunidades Amish que están abiertos a los turistas, destacando en este punto “The People’s Place” situado en la localidad de Intercourse y “The Amish Farm and House” de la localidad de Lancaster, museos que nos permiten conocer algo más sobre estas comunidades Amish y que nos permiten contemplarlas como algo más que una curiosidad.

Quizás los Amish nos resulten extraños, curiosos y hasta amenazadores con sus vestimentas oscuras y sus estrictas normas religiosas. Quizás los Amish nos resulten desfasados, testigos vivientes de un tiempo ya pasado hace siglos, hasta el punto de que algunos considerarían que deberían integrarse en la sociedad actual. Sin embargo, lo cierto es que nadie está obligado a permanecer en las comunidades Amish, pudiendo abandonarlas cuando quieran (de hecho en la “rumspringa” o adolescencia, a los jóvenes Amish se les permite decidir si quieren vivir en el mundo exterior, abandonando su religion y su comunidad, o bautizarse y adoptar para siempre el estilo de vida Amish, para lo cual se les permite incluso salir de su comunidad y vivir un tiempo en el exterior para que tomen esa decisión); es una opción de vida que atesora valores que ya se han perdido en los tiempos que corren, valores como el pacifismo, la no violencia, la solidaridad entre los miembros de la comunidad, el compartir los bienes materiales, el considerar que sólo se ha de tener aquello que va a ser de utilidad para la comunidad, … Unos valores que muchos reclaman en nuestros días pero que muy pocos estarían dispuestos a aplicar en la práctica como lo hacen los Amish.

Agricultores expertos, ganaderos excepcionales sin recurrir a las nuevas tecnologías, fieles a sus tradiciones y creencias, hermanos de sus vecinos y solidarios con el miembro de su comunidad que necesita auxilio, corriendo todos como uno como por ejemplo para reconstruir un granero que se ha quemado o recoger una cosecha, … Los Amish son el testimonio vivo de un pasado que la sociedad moderna dejó atrás, de un tiempo lleno de valores en los que la convivencia y la solidaridad eran el primero. Si viajas a la costa este de los EE.UU. no pierdas la oportunidad de hacer un viaje al pasado acercándote a una comunidad Amish; a lo mejor decides dejarlo todo y quedarte a vivir en ese idílico pasado.