Mes: marzo 2018

Crítica de Banshee (2013)

Dashiell Hammett, uno de los padres de la novela negra americana, llamaba Poisonville a la ciudad donde transcurría la historia de su novela “Cosecha roja” (Red Harvest, 1929). Este podría ser el apellido de “Banshee”, título de la nueva serie producida por Alan Ball y nombre de la ciudad ficticia ubicada en la zona amish de Pennsylvania donde tiene lugar esta aventura de ultraviolencia. Una localidad llena de corrupción y veneno.

La trama comienza con la salida de prisión de Luchas Hood (Antony Starr), protagonista y ladrón de guante rojo cuya prioridad es encontrar a su ex amante y antigua compañera en asaltos y robos de alto standing. Esta búsqueda le lleva a Banshee, PA. Una vez allí, coincide en un bar con el que será el nuevo sheriff de la ciudad. Una serie de hechos, desafortunados para este último y muy afortunados para el ex convicto, hacen que el que iba a ser el nuevo jefe de la comisaría local muera y Hood asuma su identidad. Así se cuela en Banshee con trabajo nuevo y derecho a posesión de armas. A partir de aquí, la serie va mostrando un lugar lleno de secretos, algo que ha formado parte de las historias de muchos pueblos catódicos desde que David Lynch y Mark Frost crearan escuela con “Twin Peaks” (íd., 1990-1991).

“Banshee” tiene, sin embargo, su propio estilo más allá de esta presentación que puede llevar al espectador a muchos otros lugares comunes. Su tono viene marcado por la tradición de la novela pulp ultraviolenta. La serie se recrea en ella y la convierte en motor para una historia donde la sangre y el sexo son manifiesto estético. El póster de la premiere ya dejaba clara la influencia de la novela negra en la misma. Después de ver la primera temporada (10 episodios), podríamos incluso hablar de hard-boiled televisivo. Las novelas hard-boiled son una variante de las negras en las que la violencia es mucho más explícita y el sexo también. “Banshee” ha ofrecido a los espectadores una variedad de escenas violentas en las que parecía haber un requisito: alguno de los implicados debía quedar fuera de combate por K.O. Incapacitado para levantarse por los golpes recibidos y la cantidad de sangre perdida. El único que tiene indulto es el protagonista, antihéroe hiperbolizado que siempre llega a tiempo al bar del pueblo para tomar una botella de whisky, no importa los litros de sangre que haya dejado por el camino. A lo largo de la temporada, pasa por varias escenas de tortura que dejan su cuerpo tan castigado como el de Jim Caviezel en “La pasión de Cristo” (The Passion of the Christ, Mel Gibson, 2004). El hard-boiled, que tiene en “Banshee” su réplica televisiva, también se caracteriza por tener un protagonista que no es ajeno a los crímenes que se cometen en la historia. Lucas Hood resuelve crímenes con el mismo compromiso con el que los comete.

Siguiendo con la violencia que marca el tono de la serie, Anthony Burgess acuñó el término ultraviolencia en su novela “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange, 1962). En ella los actos violentos eran fruto del azar y sin justificación, Banshee los justifica a través de la venganza y la traición, y se sitúa así más cerca de “Sin City” (íd., 1991-2000) de Frank Miller.

Alan Ball —“True Blood” (íd., 2008- ), “A dos metros bajo tierra” (Six Feet Under, 2001-2005)— es el productor ejecutivo de la serie y fue contratado para ayudar a definir el tono de la misma. Muchos pueden verla como otra excentricidad de Ball, tras mezclar vampiros, hadas, hombres lobos, vudú y melodrama de telenovela venezolana en ese guilty pleasure que es “True Blood”. Pero en este caso, hay que tener en cuenta el canal en el que se emite la serie: Cinemax. También conocido como Skinemax por su trayectoria emitiendo contenido softcore porn en horario nocturno. Este dato es importante, ya que en EE.UU. la programación y los canales temáticos son muy relevantes. Así se puede entender perfectamente este contenido teniendo en cuenta su continente.

Alan Ball ha sido un perfecto reclamo publicitario para “Banshee”, pero los creadores de la misma son David Schickler y Jonathan Tropper, dos guionistas que dejaron claro el tono pulpque querían para la serie cuando lanzaron de forma paralela un cómic homónimo. “Banshee” está llena de clichés y personajes demasiado planos, quemando todos sus cartuchos en las escenas violentas. El desarrollo de los personajes es más bien pobre, pero hay que mencionar a los protagonistas de esta primera temporada en este sentido: Kai Proctor (Ulrich Thomsen), villano que controla todos los negocios sucios de la ciudad y que nació dentro de la comunidad amish que rechazó después para dedicarse al crimen. Su personaje es el más carismático de la serie y a través de los 10 episodios de la primera temporada se ha convertido en una figura poliédrica que puede ser vital para la segunda temporada (ya confirmada). El segundo personaje destacable es Job (Hoon Lee), travesti y hacker informático que también formaba parte de la banda del protagonista antes de que fuera a parar a prisión. No se sabe mucho más de su pasado, pero tiene las frases más ácidas y divertidas de la serie. El doppelgänger de Lafayette de Bon Temps, Louisiana.

La cadena Cinemax ha lanzado una promo de la segunda temporada para que nadie se olvide de que “Banshee” tiene más secretos por descubrir y sangre de sobra que derrochar. No hay duda de que la historia no requiere que el espectador ejercite demasiado el cerebro, pero como puro entretenimiento sin pretensiones y consciente de sí misma puede funcionar para los amantes de este género. ¿Qué género? Así la definía la revista online Vulture: trashy macho B movie en TV. Esto ha sido “Banshee” hasta ahora, veremos lo que pasa el año que viene en Pensylvania.

Crítica de How I met your mother (2014)

 

Una película del montón puede quedarse en la memoria para siempre si tiene un final impactante. Si un ensayo mediocre se remata con una frase final perfecta, la valoración sobre el texto será más positiva. Y de la misma manera, si una serie que ha estado en antena la friolera de nueve años, con sus más y sobre todo sus menos, termina con un episodio final para el recuerdo, será más fácil olvidar todo lo malo y quedarse con lo bueno. Mi relación con “Cómo conocí a vuestra madre” (How I Met Your Mother) ha sido de amor amistad-odio desde la cuarta temporada, y en sus últimos años me ha resultado muy difícil recordar por qué un día fuimos amigos. Con “Last Forever” he conseguido perdonar el insoportable estiramiento y la progresiva pérdida de gracia de la serie, gracias a un final redondo que incide en el aspecto más amargo y real de esta historia, precisamente lo que más me ha gustado siempre de ella. Y así, echando la vista atrás y haciendo balance, no puedo sino expresar mi profunda admiración por unos guionistas que han sabido elaborar un magnífico plan narrativo a largo plazo en el que todas las piezas han acabado encajando, y que han mimado su historia y a sus seguidores con un detallismo virtuoso.

Siempre he dicho que ”Cómo conocí a vuestra” madre quizás debería haber sido una dramedia, puesto que cuando más brillaba era cuando se proponía conmover y entristecer al espectador con los reveses que el destino le tenía reservado a sus protagonistas. Por eso, durante la recta final de la serie, y después de una novena temporada fallida por lo general, tuve la corazonada de que “Cómo conocí a vuestra madre” se despediría haciendo lo que mejor se le ha dado siempre, tocando la fibra sensible, dando con la nota emocional adecuada. Tenía la certeza de que “Last Forever” sería un buen final, pero lo que no imaginaba es que sería tan arriesgado (paradoja teniendo en cuenta que estaba pensado desde el principio), tan melancólico, y tan polémico. Al igual que otro ambicioso final de sitcom, el de “Will & Grace”, la series finale de Cómo conocí a vuestra madre es una coda tremendamente agridulce, poco complaciente, pero muy coherente con las trayectorias de sus personajes. “Last Forever” duele, incluso enfurece, porque no es un final de cuento de hadas, es un final que transcurre dentro de los límites de la realidad.

A través de constantes -y emocionalmente agotadores- saltos, ahora casi exclusivamente hacia adelante, el final de “Cómo conocí a vuestra madre” nos muestra cómo estos cinco amigos se enfrentan al paso del tiempo y luchan por mantener el contacto, aunque sea solo en los acontecimientos más importantes de sus vidas. Lily es el pegamento que intenta mantener a la pandilla unida por todos los medios. Pero es complicado cuando hay niños, cuando hay mudanzas, cuando no hay suficientes horas en el día y las prioridades cambian. Life happens. Mientras Lily y Marshall se mantienen como la pareja más sólida de la sitcom moderna, el resto de personajes lidian con las consecuencias de sus decisiones, afrontan los cambios y se resignan a lo que no puede cambiar. Pero todos, cada uno a su ritmo, acaban dando con aquello que les proporcionará la clave para ser feliz. En la que quizás es la escena más desarmante y enternecedora del episodio, Barney halla en la paternidad la garantía de un amor para siempre, algo que no ha conseguido con Robin (Neil Patrick Harris se despide de la serie por todo lo alto con esta escena). Puede parecer un cambio precipitado, pero recordemos que debemos considerar el factor de las elipsis, es decir, toda la evolución de la que no somos testigos, todo el dolor que no vemos, pero que sí deberíamos reconocer en los personajes. Dolor que se magnifica cuando los vemos separarse una y otra vez, distanciarse, y saludarse de forma cada vez más fría y extraña. Ver a la pandilla desintegrarse poco a poco, y en concreto a Robin perdiendo el contacto con sus amigos, conforma un final difícil de digerir, pero profundamente pertinente y franco.

Sin embargo, la decisión que más ha dividido a los espectadores ha sido la de unir a Ted y Robin en la última secuencia de la serie. Para muchos, esto supone poco menos que una traición, una puñalada al desarrollo de estos personajes a lo largo de los años. Pero precisamente ahí está la clave para entender y aceptar este final, en el paso del tiempo. Ted y Robin no huyen juntos el día de la boda de Robin y Barney. Ni siquiera tenemos garantía de que pasarán el resto de su vida juntos. Como decía, esto no es un final de comedia romántica bajo la lluvia, no es un forzado y simplón “vivieron felices y comieron perdices”. Lo suyo es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad, después de más de quince años (es decir, de toda una vida) en los que ambos han seguido cambiando, madurando, convirtiéndose básicamente en otras personas. El Ted que aguarda a Robin con la trompa azul bajo la ventana no es el mismo que el del episodio piloto, y no es el mismo que el del resto de la serie. Si tenemos en cuenta la historia de estos personajes, que se conocen desde hace ya 25 años, sus tragedias personales, y el gran papel que la soledad (o más bien el miedo a la misma) ha ejercido en sus vidas, es una conclusión perfectamente lógica, incluso la única posible para hacer justicia a la historia y el tiempo invertido en ella. Ya no es que Ted y Robin hayan sido siempre el uno para el otro (esa descripción pertenece a Ted y Tracy), es que el tiempo, en su capricho infinito, ha dispuesto los acontecimientos de sus vidas para que lo suyo finalmente tenga sentido.
“But love doesn’t make sense! I mean you can’t logic your way into or out of it. Love is totally nonsensical, but we have to keep doing it or else we’re lost and love is dead and humanity should just pack it in. Because love is the best thing we do.” -Ted Mosby

Si lo pensamos, “Cómo conocí a vuestra madre” ha sido una serie increíblemente triste, la historia de un hombre definido por su deseo de amar y ser amado, y aplacado por un destino que nunca simpatizó especialmente con él. La muerte de la madre (que Internet llevaba ya meses vaticinando) estaba planeada desde el principio, como confirma la última conversación de Ted con sus hijos, y es la última pieza del puzzle del personaje. Es esa conversación (que los actores adolescentes grabaron en 2006) lo que da sentido completo a la serie, lo que redime finalmente a Ted -si es que todavía quedaba alguien que lo considerase un simple desesperado.

¿Por qué ha estado contando este eterno relato sobre la madre de sus hijos y esta apenas ha aparecido en él? Los hijos lo tienen claro, además de un precioso homenaje, ha sido una larga treta para buscar su aprobación, para asegurarse de que, después de la horrible pérdida de su madre, están preparados para que su padre declare su amor (eterno y sincero) a la tía Robin. Esto no invalida el profundo amor de Ted por Tracy, al contrario, lo fortalece, lo eterniza (recordad, han pasado seis años desde su fallecimiento). No nos han hecho adorar a la madre para nada, nos han hecho adorarla para que entendamos a Ted, para que seamos conscientes del lugar en el que se encuentra mientras narra su historia, para que sepamos hasta dónde llegan sus sentimientos por Robin. Y si los niños lo entienden y dan su visto bueno, ¿quiénes somos nosotros para negar a Ted y Robin un último para siempre, el que sea quizás el único resquicio para hallar la felicidad y derrotar por fin a la soledad? La tesis final de “Cómo conocí a vuestra madre” es por tanto que el amor puede ser obra del destino o el resultado de una complicada historia que abarca media vida, pero lo más importante es no dejar nunca de amar.

“Last Forever” pone el perfecto broche final a una serie muy lejos de ser perfecta (claro que una ficción longeva como esta no puede ser nunca perfecta por definición). Este desenlace contrarresta de algún modo, incluso justifica, el alargamiento de la historia, y si bien no nos hace olvidar las incontables horas de relleno, nos ayuda a despedir la serie con una sonrisa, y en mi caso (seguramente el vuestro también), más de una lágrima. Una por su gran trabajo a la hora de enlazar con el final algunos de los momentos más icónicos de la serie (el Playbook de Barney, la calabaza putón, todos los high fives, los legendary…) y utilizarlos para celebrar a sus personajes y redondear sus caracterizaciones. Otra porque podemos ver en los rostros de los actores el dolor que les causa despedirse de ellos (fue devastador ver a Alyson Hannigan interpretándose a sí misma durante todo el episodio). Una más porque nos hace reflexionar sobre la pérdida (la del amor ni más ni menos, no se me ocurre nada más lacerante), sobre lo que dejamos atrás, y aquello a lo que tenemos que renunciar para seguir adelante, sobre los cambios y la fragilidad de la amistad a medida que avanzamos en la vida. Y una última porque comprobamos que el tiempo se nos va, y no hay nada que aterrorice más, como bien sabe Ted Mosby, que verlo pasar y no haber encontrado ese “para siempre”.

Malta con huevo

Malta con huevo es la primera pelí­cula del director Cristóbal Valderrama. Una comedia negra enmarcada en ese estilo de pelí­culas freaks, con historias insólitas y situaciones absurdas. Algo parecido al trabajo del español Alex de la Iglesia.

La historia tiene como protagonista a Vladimir (Diego Muñoz) el tí­pico joven parrandero, fresco, mujeriego y flojo que se va a vivir con Jorge (Nicolás Saavedra), el amigo ordenado y responsable, aparentemente dispuesto aguantar el caos del compañero de casa. Todo hasta el momento transcurre bastante normal hasta que Vladimir comienza a vivir extraños saltos en el tiempo.

Lo que más se agradece de esta extraña historia es justamente eso, la fantasí­a, el juego y la forma de abordar la comedia. Por otra parte, muchos de los diálogos son memorables tiene el toque cotidiano, inteligente y espontáneo que recuerda las conversaciones habituales que se tienen con el partner y amigo de carrete.

Un aspecto original de la cinta (teniendo en cuenta sólo la producción nacional), es que cuenta una misma anécdota desde dos puntos de vistas distintos: primero vemos la versión de Vladimir y en la segunda parte, la historia de Jorge. Un buen acierto en el montaje del relato.

La cinta es coherente con lo que busca, no es pretenciosa. Es una buena comedia para pasar el rato y reí­rse de situaciones bizarras y de los traspiés de compartir el hogar con amigos.

Ficha técnica:
Tí­tulo: Malta con Huevo
Formato de Registro: HD
Formato de Exhibición: 35mm / Color
Género: Comedia
Duración: 90 minutos
Dirección: Cristóbal Valderrama
Guión: Cristóbal Valderrama y Carlos Labbé
Producción ejecutiva: Alberto Fuguet y Sebastián Varela
Producción general: Margarita Ortega
Dirección de fotografí­a: Jorge González
Dirección de arte: Constanza Meza-Lopehandí­a
Montaje: Teresa Viera-Gallo
Sonido: Boris Herrera
Asistencia de dirección: René Martí­n
Canciones: La Floripondio / Chico Trujillo
Música: Cristián Schmidt
Elenco principal: Diego Muñoz (Vladimir)
Nicolás Saavedra (Jorge)
Javiera Dí­az de Valdés (Rocí­o)
Manuela Martelli (Fedora)

Crítica de How to make it in America (2010)

La obsesión de ciertos escritores y creadores audiovisuales contemporáneos consiste en recolocar el producto de esa juventud soñadora y ambiciosa, desamparada en mitad de un contexto de crisis (no solo económica), que necesita un mundo propio a través del cual conducir sus vidas. En “Ahora sabréis lo que es correr” Dave Eggers dibuja una intensa carrera alrededor de varios continentes en busca de esa minúscula parcela que otorgue a sus protagonistas el sentido de la vida que su mediocre existencia doméstica ha escamoteado. Cuando no hay lugar para los porqués o los para qué, para las preguntas incómodas que activan nuestra búsqueda vital, hace falta crear un nuevo espacio que nos ayude en este work in progress personal. “Buscarse la vida en América” (Ian Edelman, 2010-11) responde a esos objetivos: narra, como si de una batalla se tratase, el inevitable conflicto entre (buenos) propósitos y resultados; cómo gestionar la espera cuando los proyectos no cuajan; cómo perseverar, aumentando la dosis de optimismo, cuando pincha la expectativa.

Ben y Cam, los protagonistas de la serie, se mueven por las calles de Nueva York con el mismo flow con el que Aloe Blacc grita en los créditos “I need a dollar”. Sin detenerse, como si emanase tal cantidad de energía de su interior que fuesen incapaces de interrumpir su conquista de ese futuro que, una y otra vez, rozan con la punta de los dedos. El trauma del 11-S, con su promesa de recordar la vulnerabilidad de que estamos hechos, parece evaporarse en una serie que, como decía Jay-Z, recupera la ciudad de Nueva York como esa jungla de cemento donde soñar es posible. En esta Nueva York de acento capriano, Ben y Cam atraviesan diferentes estadios de su etapa madurativa, negociando con sus emociones mientras dan un pequeño paso hacia su meta. Y nunca dejan de soñar, imaginando un modesto negocio de monopatines, intentando abrir hueco en el terreno de la moda urbana con una marca textil que, en un mundo tan competitivo y cosificador, sea más que una marca.

Cada vez que hablamos de esa blank generation que, a diferencia de los jóvenes millonarios de Silicon Valley, tiene que partirse el espinazo por conseguir una entrevista personal o cinco minutos de nuestro tiempo, nos preguntamos qué les/nos mueve a no desfallecer. En “Buscarse la vida en América” los esfuerzos de Ben y Cam precipitan la creación de Crisp, algo más que una marca. De hecho, parte de la serie está dedicada a desentrañar la importancia de Crisp, hasta qué punto es el símbolo de una amistad a prueba de tentaciones, la demostración de que se pueden alcanzar los sueños sin trampear ni poner la zancadilla o la ilustración de un estado de ánimo. Porque, sí, quizá Edelman sea incapaz de frenar sus impulsos morales, aprovechando cualquier oportunidad para dibujar una imagen paternalista con sus personajes, pero a veces hay que aceptar esa clase de tutela para percibir una parte de la realidad que se nos escapa: tenemos los recursos, aprovechémoslos.

A veces naïf a veces sincera, “Buscarse la vida en América” construye un microcosmos juvenil trufado de ambición, sensibilidad y ganas de correr riesgos. La crisis se esconde en cada amago de insatisfacción al sentir que hemos tomado la decisión equivocada, que no conseguimos enganchar ese estado de optimismo que nos permite avanzar en la vida. En ocasiones, avanzar en la vida significa, como en el caso de Cam, redefinir el paisaje de blocks que encierran una imagen limpia de la ciudad y su horizonte de oportunidades. En ocasiones, como en el caso de Ben, avanzar en la vida significa erradicar su insatisfacción vital, ese ardor de estómago que tiñe de decepción todo lo que toca (familiar, laboral y sentimentalmente), condenándole a ver el vaso medio vacío. Hace falta negociar con nuestra frustración (aunque eventualmente la toleremos), porque es la clave para no desfallecer mientras buscamos nuestro porvenir.

En “Buscarse la vida en América”, los personajes van y vienen, caminan en círculos o parecen proyectiles disparados hacia una diana concreta. Cada capítulo es un obstáculo y una prueba de valor, en tanto que el sueño amenaza con evaporarse y en una ciudad como Nueva York nunca es difícil encontrarse con alguien que lo ha conseguido antes que tú. Hay algo de obsesivo en la serie creada por Ian Edelman. Sus artífices se afanan en expresar cada estado emocional, cada esperanza y cada nuevo encuentro profesional como un paisaje mutante que gira en torno a la necesidad: la necesidad de creer en los sueños, la necesidad de creer que podemos acomodar nuestra forma de ver las cosas en el mundo, la necesidad de confiar, en uno mismo y en su generación, la necesidad de sentirnos vivos. Ese es el estado de ánimo que define a Crisp. Ese es el estado de ánimo que nos define.

Crítica de Homeland S03 (2013)

Esta entrada incluye spoilers del final de la tercera temporada de “Homeland”.

Aquello de “todo lo que sube rápido, baja rápido” debería estar escrito en letras grandes en la pared de todas las cadenas de televisión. Sabemos que hoy en día es muy importante que una serie sea buena desde el principio, porque la oferta es demasiado extensa y el espectador del siglo XXI ya no tiene tanta paciencia, ni tiempo. Pero también sabemos que cuando una serie juega todas sus cartas en la primera temporada, ganándose los vítores de público y crítica desde el minuto cero, es inevitable que la trayectoria después de esto sea descendiente. “Homeland” se ha convertido en el caso modelo para ilustrar esta tendencia. Su primera temporada se llevó de calle a todo el mundo. La segunda entrega, aunque empezaba a renquear, se las arregló para mantenerse fresca, para sorprender y seguir enganchando. Sin embargo, la tercera, que acaba de tocar a su fin en Estados Unidos, ha puesto de acuerdo a todo el mundo en una cosa: “Homeland” debería haber sido una miniserie.

Pero estamos hablando de Showtime, una cadena conocida por exprimir sus éxitos hasta lo indecible. Y si no mirad lo que hizo con “Dexter”, que duró ocho años en antena. Showtime ha demostrado que le da igual que la reputación de sus series salga perjudicada mientras estas sigan siendo rentables, y que estirar una cuerda que ya no puede tensarse más no es un problema para ellos. La de “Homeland” se ha roto esta temporada, y aunque quizás no debamos sacar conclusiones precipitadas, da la sensación de que no tiene arreglo. Muchos achacan el bajón de calidad de la serie al fallecimiento de uno de sus capitanes, Henry Bromell. Y aunque la desaparición de uno de sus principales guionistas puede relacionarse directamente con la trágica desorientación que ha experimentado la primera mitad de la nueva temporada, Bromell había dejado escrito antes de marcharse el episodio “Tower of David”, uno de los peores (si no el peor) de lo que llevamos de serie. Vamos, que el destino de “Homeland” estaba sellado antes de la muerte de Bromell. Y al final se ha revelado que su mayor virtud, ir a por todas, sin miedo, sin mirar atrás, ha sido también su peor enfermedad.

“Homeland” se ha convertido en el cuento de nunca acabar. La muerte de Abu Nazir al final de la segunda temporada otorgaba cierre al arco argumental más importante de la serie. Pero el terrorismo no se acaba, y la bomba de Langley servía como reset de la historia, que a partir de ahora se dirigiría en otra dirección. Todo estaba bien planeado y atado (el vídeo de Brody, el demencial plan de Saul y Carrie para utilizar a Brody) pero la primera mitad de la nueva temporada incurría en todos los errores de una serie a la que se le ha acabado la mecha y debe seguir a la fuerza. Falta de propósito, tramas secundarias descolgadas, personajes desaprovechados, relleno, repetición. Y en consecuencia: hastío y aburrimiento, esa sensación de estar haciendo los deberes que arruina la experiencia de las que un día fueron nuestras series favoritas. Algo que no pensábamos que “Homeland” nos daría hasta que Dana Brody atropelló a una mujer junto al hijo del vicepresidente en la segunda temporada. En ese momento se encendió el piloto rojo (¡que te veo, tiburón!). Peligro, “Homeland” empieza a parecer de verdad un drama Showtime. Y de ahí a la autoparodia hay un paso, como hemos comprobado este año.

Porque Carrie Mathison es un gran personaje, y Claire Danes es una gran actriz. Pero la intensidad de su interpretación y las idiosincrasias extremas del personaje, por muy fascinantes que fueran, corrían el riesgo de cansar. Y así ha sido. Las muecas de Danes son un reflejo de la espiral de repetición en la que la serie se ha perdido. Y la frase estrella de Carrie, “He cometido un error. No volverá a ocurrir”, debería ser su nuevo eslogan. “Homeland” se ha ido transformado poco a poco en una serie formulaica: Carrie tiene una teoría o un presentimiento, Saul (que aunque parezca lo contrario siempre confía en ella) le da órdenes y ella las desobedece. Siempre acierta, pero hay consecuencias. Vuelta a empezar. Lo que mejor funcionaba de las dos primeras temporadas era esa enervante incertidumbre que nos provocaban los personajes, las dudas que despertaban sus acciones, sus alianzas. No fiarse de nadie era divertido. Pero ese juego de despistes y engaños, magistralmente utilizado hasta ahora, ha desaparecido. Hay un límite de veces que se puede recurrir a la doble jugada. Sí, aunque estemos hablando de una serie de espionaje.

Haber alargado “Homeland” ha hecho que la serie pierda verosimilitud trágicamente. A pesar de estar profundamente arraigada en nuestra realidad geopolítica, nunca ha dejado de ser una ficción que ha requerido suspender la incredulidad (y nosotros hemos aceptado encantados, porque el material lo merecía). Pero el pacto que existía entre ficción y espectador empezó a resquebrajarse con los nuevos episodios, y cada vez costaba más hacer la vista gorda con determinados giros y acontecimientos (sin ir más lejos, Carrie paseándose por Teherán mientras Brody lleva a cabo la doble jugada definitiva para asesinar a Akbari… en fin). Muchos se han cansado de participar en este juego, a pesar de que se ha tratado de fundamentar trazando una especie de nuevo núcleo temático: el declive de la CIA (“No creo que nada justifique el daño que provocamos” -Quinn). No está mal, pero ya es demasiado tarde.

A pesar de la pérdida de sutilidad e impacto que ha sufrido la serie, la tercera temporada ha sabido retomar el cauce y terminar con buen pie. De hecho, si no fuera porque sabemos que habrá cuarta temporada, “The Star” (3.12) sería una gran series finale -ojalá lo fuera de verdad. Los productores llevaban mucho tiempo planeando sacar a Nicholas Brody del relato, porque como nosotros, ellos también eran conscientes de que su personaje tenía fecha de caducidad. El problema es no haber aceptado que la fecha de caducidad de Brody era la misma que la de “Homeland”. Su impactante muerte en “The Star” deja la serie sin uno de sus dos protagonistas (sí, Saul ha tenido más protagonismo este año, pero ya me entendéis), y aunque el centro de la historia siempre ha sido Carrie, con Brody se marcha gran parte de la esencia de “Homeland”. Se lo dice Javadi a Carrie al final: “Siempre ha sido por él. Querías que todos lo vieran a través de sus ojos”. Por todo esto, “The Star” es un final final. Ese precioso plano de Carrie dibujando la estrella de Brody en el homenaje de Langley es un broche de oro y representa brillantemente qué ha sido “Homeland”, y quién es Carrie Mathison. ¿Pero ahora qué? ¿Nos interesa una nueva “Homeland”? ¿Nos convence una relación entre Carrie y Quinn? ¿Merece la pena seguir sólo porque Dana ya no está en la serie? ¿Y si Brody no está muerto y no es más que otra doble jugada? Da igual el camino que tome, la “Homeland” que conocíamos ha muerto. Descanse en paz.