Paredón (un cuento de fútbol)

Hoy, emitiendo.net, un sitio de El Salvador (que junta miradas de todas las latitudes para contar historias nuevas, distintas, originales, a través de crónicas, fotografías, videos o cuentos) publicó mi último cuento: Paredón.

 

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Reseña de Xolopes en El Litoral

El Litoral publicó una reseña de sobre novela Xolopes. Salió en el diario de ayer, jueves, así que si lo compraron o lo compró un vecino, seguro que aún no lo tiraron y la pueden leer en papel. Si no:

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2014/06/26/arteyletras/ARTE-03.html

Homo ludens, homo narrans

por Diego Suarez

“Xolopes”, de Juanjo Conti. Automágica. Santa Fe, 2014.

Muchos escritores conciben el acto de escribir como una prolongación del acto de leer. Quien escribe transfigura sus lecturas no sólo de páginas impresas, sino también de otros signos, sentimientos, suposiciones, recuerdos, acontecimientos azarosos. “Escribir es sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen”, palabras de Juan J. Saer que aparecen en uno de los capítulos de Xolopes, de Juanjo Conti, y que de alguna manera delinean un plan de composición.

Xolopes podría considerarse novela sin narrador, o dicho de otro modo, novela en la que aparecen entretejidas tantas voces que pareciera no haber ninguna, con primeras personas que no se sabe de dónde provienen y terceras personas no menos sospechosas, con el agravante de que la consiguiente multiplicidad de relatos hace estallar la unidad de acción y termina por enloquecer la brújula de la trama. Es posible, sin embargo, establecer un punto por el cual cruzan todas estas rectas: Cancún. El lugar marca el tiempo del relato y todo pasa a ocurrir “antes” y “durante” Cancún, en un instante multifacético en el que confluyen sucesos simultáneos (muertes, conspiraciones, sueños, excursiones, almuerzos) con distintos protagonistas. Vemos actuar y oímos a vendedores ambulantes, empleados de hotel, vacacionistas y lunamieleros, en un entramado de géneros discursivos que van de la poesía a la crónica periodística, pasando por la fotografía, las recetas de cocina y hasta la bitácora de una revolución. La entonación que impregna el relato está signada por una ironía serena que no busca ser hiriente, sino más bien gozosa, carnavalesca.

Varios capítulos de la novela podrían considerarse autónomos, debido a sus atributos de microrrelato. El capítulo 69, por ejemplo, dice: “-¿Ese no es el animador de aquaeróbic? ¿Qué hace golpeando la puerta de una de las habitaciones?”. No identificamos quién pronuncia esas palabras, tampoco si se trata del fragmento de un diálogo o de un monólogo interior. Eso es todo, y esa línea alcanza y sobra para que el lector complete a gusto y piacere los intersticios del texto. Esta apertura a la participación del receptor en la creación de sentido es fomentada también por la estructura fractal y lúdica de la novela: 137 capítulos que por ejercicio de un ars combinatoria pueden ser recorridos alternativamente según hechos narrados y voces narradoras.

¿Cuántas veces hemos oído exclamar a alguien que acaba de contar una anécdota: “¡Yo tendría que escribir un libro!”? El autor de Xolopes debe ser uno de los pocos mortales que han hecho realidad ese proyecto, empleando la humilde técnica del personaje que en el capítulo 46 le comenta a otro huésped del hotel su afición a escribir cuentos. “Ah… hay que tener imaginación para eso”, dice el huésped, a lo cual el cuentista replica: “No tanta, me la paso recogiendo voces de otros”. A nadie se le escapa que la cosa no es tan simple, que se requiere algo más que eso. Discretamente, Conti sabe qué es y lo emplea con felices resultados.

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Presentación de Santa Furia en Uhlala Café

Anoche en Uhlala Café presenté Santa Furia, mi nuevo libros de cuentos, junto a La Gota y otros dos autores santafesinos que presentaron sus libros.

Fue la primera vez que participo de una presentación y la experiencia estuvo muy buena. Me gustó sentarme en el frente, contar un poco sobre el libro y leer algunos cuentos. No leía en público desde la primaria.

También me gustó mucho que mi familia y amigos hayan podido asistir.

No tenía nada preparado, así que cuando subí a las tablas, dije lo primero que se me ocurrió. Presenté el libro diciendo más o menos esto:

Buenas noches… mi nombre es Juanjo Conti. El libro que está presentando La Gota y del cual soy autor se llama Santa Furia. Es una selección de cuentos escritos durante 2011 y 2012 y tienen la característica común de que todos transcurren, de alguna forma, en Santa Fe, en un sentido amplio de lo que entendemos por Santa Fe.

La mayoría son cuentos cortos pero hay algunos que son más largos. Santa Furia, que le da título al libro y que de cierta manera reúne también a los otros cuentos, y otro que se llama Encuentro dominical, son de los más largos.

Voy a leer algunos de los más cortos para poder leerles varios.



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Nuevo libro: Santa Furia

Este sábado habrá un nuevo libro mío en la calle. Este libro es especial porque es el primero que no autoedito. Esto significa que a una editorial le gustó lo que escribí y apostó por ello. No puedo estar más que contento. A continuación más detalles:

Presentación

Segunda presentación 2014.

La Gota Microediciones celebra sus cuarenta y cinco títulos.

El Sábado 21 de Junio, La Gota va a presentar sus tres nuevos títulos: “Lo importante es tener un plan”, de Aníbal Txico; “(En) el sueño misterioso”, de Celeste Catalano; y “Santa Furia”, de Juanjo Conti.

Como siempre, se trata de libros de pequeño formato, volviendo a las raíces del proyecto. Desde el año 2007, el editor, Gonzalo Geller, publica a autores de Santa Fe y la zona. Esta vez, tres autores que viven en Santa Fe ciudad, publican libros de relatos, que van desde lo experimental hasta lo fantástico, mostrando un poco del amplio panorama de la escritura santafesina de los últimos años.

La presentación será el sábado 21 de Junio, en Uh Lalá Café, La Rioja 2945, a partir de las 21:30.

Comprar

En principio, la versión en papel podrá comprarse directamente a La Gota (el el puesto que suele armar en diferentes eventos culturales) o en la librería El Arca del Sur (Irigoyen Freyre 2935, Santa Fe).

La Gota

Para quienes estén en Argentina pero no en Santa Fe, pronto también se podrá comprar en la tienda de este blog.

El libro

El libro es una selección de cuentos escritos entre 2012 y 2013 (no aparecen en mis dos primeros libros de cuentos).

Santa Furia

Citas de cuentos del libro

De vez en cuando vuelvo por la noche. Todavía tengo mis llaves y no cambiaron la cerradura. –El departamento.

La niña pintaba, abstraída del mundo que la rodeaba, sin que las líneas ni la realidad la limiten. –Encuentro dominical.

Desde allí, a pesar de que la altura es poca, puedo ver gran parte de la ciudad. Me gusta mirar los techos. Ver como recortan la noche con sus antenas y con sus ángulos rectos. –Santa Furia.

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Bonus track para Bolonqui

Anoche terminé de leer Bolonqui, un western tanguero, de compradritos de hace un siglo, a la espera de que el cometa Halley vuele la Tierra.

Una novela de Leonardo Oyola que, a lo largo de una noche, sigue las aventuras de Arístides, Amleto y Nicolita (dos chicos y un perro). Me gustó. Cuando me gusta un libro trato de dedicarle aunque sea unas líneas para no olvidarlo.

Bolonqui

Un bonus track, o souvenir, o easter egg. En la novela, el protagonista, Arístides, un chico de unos trece años, dice que aprendió lo que es el miedo. Para él, el miedo ya no es un hombre lobo o un vampiro. Conoció el miedo cuando vio a un hombre matar a otro. Oyola ya uso este recurso (aunque la verdad no se qué escribió antes) en el cuento José Vélez.

José Vélez

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Multiviral – Calle 13

lengua
beso
boca
labio
niño
joven
viejo
sabio
calvo
rizo
pelo
lacio
techo
casa
cielo
espacio

Multiviral

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El día que me robé un chiste de Quino

Tengo doce años, o trece, o catorce. O, tal vez, diez. Estoy en esa sala de espera de dos por uno, paredes blancas casi totalmente cubiertas de diplomas, asientos de cuerina que rechinan y revistero con ejemplares de la década anterior.
Estoy solo, esperando. La sala tiene tres puertas. Una da a la calle y es por donde entré. La otra da al escritorio de la secretaría y la acabo de golpear. La tercera, desde la que viene un sonido agudo y eléctrico, el sonido de una pequeña rueda de piedra girando a muchas revoluciones, un sonido que se enciende y que se apaga a intervalos casi regulares, es la puerta que da al consultorio del dentista
Ahora se abre la segunda puerta, la de la secretaria. Liliana es joven y tiene rulos negros que siempre aparentan estar húmedos. Me dice que ya me va a atender el doctor, que cuando termine con la paciente que está viendo ahora sigue conmigo.
Viendo. Un eufemismo.
Tomo una de las revistas y paso, sin mirar, las páginas hasta llegar al final. Hasta las historietas. Hay una de Quino. Leo. Me río, pero no estoy seguro de que haya entendido del todo el chiste. Los chistes de Quino siempre tienen dos niveles. Uno superficial, con el que se puede reír hasta un chico de nueve años y otro, uno más profundo. Yo me concentro en esa otra parte. En tratar de entender el lado B del chiste. El lado que para ser comprendido necesita algo más que haber leído lo que dicen los personajes o visto el dibujo. A veces necesita que el lector haya leído cierto libro, o conozca tal pintura, o haya escuchado cierta noticia.
Arranco la página con el chiste y me la guardo en el bolsillo de la campera.
Estoy dejando la revista en su lugar cuando se abre la tercera puerta. Sale una mujer agarrándose la cara con la mano izquierda. Con la derecha, cierra tras de sí la puerta.
—Siguiente —llaman con la voz de un dios mitológico unos segundos después.
Abro la tercera puerta e ingreso a ese espacio luminoso en donde una multitud de herramientas filosas cuelgan expuestas, expectantes, esperando a ser utilizadas. Sin mediar palabra, me acuesto dócil en el asiento reclinado.
Entonces me asalta un temor, una duda. ¿Me habrá visto el dentista cortar la hoja de la revista?
Busco sus ojos. Los encuentro, penetrantes, ojos de dinamita que me miran detrás del barbijo. No necesito ver las muecas que pueda hacer con su boca. Con los ojos le alcanza para decirme que fue testigo del momento en que le robé la historieta y la guardé en el bolsillo de la campera.
Intento levantarme pero no puedo. Estoy rodeado por él en su sillón en un flanco y por el brazo hidráulico que le sostiene las herramientas en el otro.
Me unta una especie de gel sobre la encía y luego me apunta con una jeringa el lugar exacto donde antes estuvo untando. Siento como la aguja se clava con fuerza y temo que la punta aparezca del lado de antro de mi boca. De la bandeja que sostiene el brazo hidráulico toma un par de herramientas metálicas que tintinean entre sí y, en mi desesperación, en las notas producidas por el azar, descifro una melodía fúnebre.
Ya no tengo dudas. Sabe de mi fechoría y me va a torturar hasta que confiese.
Empieza con un gancho que parece un anzuelo de pescador y lo introduce entre dos muelas.
—¿Duele? —me pregunta con sádico placer mientras escarba con el instrumento.
Yo, que no puedo hablar por la anestesia, abro grande los ojos y emito un sonido gutural para decirle que sí, que me duele.
—Vas a tener que aguantar —me dice sin mirarme, como única respuesta. Y con el pie acciona un interruptor que pone en funcionamiento una especie de torno de mano, su herramienta preferida. No puedo verlas, pero imagino que cuando el artefacto entra en contacto con mis dientes, una catarata de chispas saltan en el aire como si mi boca fuera la de un volcán en erupción.
Trato de resistir. Clavo las uñas de las manos en los posabrazos de mi asiento y doblo los dedos de los pies tratando de retenerme a la superficie de la Tierra. Nada es suficiente.
Adivino una sonrisa de placer bajo el barbijo. Esa visión y el sonido de la rueda que gira imparable rebotando contra mis dientes le ponen fin a mi resistencia. Exhalando me doy por vencido y confieso.
—Fui yo, yo me robé el chiste de Quino —Pero las palabras no salen. Apenas un balbuceo que no logra atravesar las capas de saliva, sangre y dolor.
La secretaria Liliana entra al consultorio y me ve tirado, sangrando, a mitad camino entre la resistencia y la deshonra. Me doy vergüenza.
Se acerca a donde estoy. Desde mi posición solo puedo ver sus piernas. Hasta que se agacha y levanta algo del suelo.
—-¿Esto es tuyo?
Mi botín. La página con la historieta. A presencia de prueba, la confesión ya no es necesaria.
—¿Te gusta Quino? —me pregunta el dentista, y se baja el barbijo para que le salgan mejor las palabras.
Muerto de vergüenza ante la prueba que me condena, ya vencido, asiento con la cabeza.
—Si querés —me dice—, cuando te vayas, fijate en el revistero. Creo que las revistas que están ahí tienen historietas de ese tipo. Llevate las que quieras. Y vos, Liliana, a ver si renovamos el catálogo, que ahí todavía hay revistas de cuando este era el consultorio de mi padre.


Hoy le entregaron a Quino el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Vaya mi humilde homenaje en forma de cuento. El texto lo escribí esta tarde como tarea del taller en el que participo. Es una primera versión, seguramente muy mejorable.

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Regalo algunos libros vía Goodreads

Goodreads te sugiere, como una forma de conseguir revisiones para tus libros, que organices una “giveaway”. Una suelta de libros.

El autor se compromete en enviar cierta cantidad de libros, usuarios de la red social se postulan para ganarlos y los elegidos, luego de recibir su ejemplar, pueden (no es una obligación) comentarlos/votarlos.

Me pareció una idea piola, así que durante un mes (ya van varios días), los usuarios de Goodreads pueden solicitar un ejemplar gratuito de Xolopes:

Goodreads Book Giveaway

Xolopes

by Juanjo Conti

Giveaway ends May 21, 2014.

See the giveaway details
at Goodreads.

Enter to win

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Xolopes impreso y a la venta

El día que me fui de vacaciones me entregaron los ejemplares impresos de Xolopes. A la vuelta empecé a repartirlos entre quienes lo habían comprando en preventa. Ya casi termino.

En la página del libro se puede comprar y leer más al respecto.

Más fotos en el álbum de los lectores.

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Los diarios secretos de Sigmundo

Hoy terminé de leer los diarios secretos de Sigmundo; un libro de casi 700 páginas que se me pasó volando. También es el primer libro del autor que no leo en papel.

Debo confesar algo. Tenía miedo de leerlo. Por el título, pensaba que iba a ser terriblemente oscuro, obscenamente explícito y redundante hasta el hartazgo. Me equivoqué. Es menos terrible que los libros que continúan la saga. Más allá de los pasajes que pueden espantar a un Ned Flanders como yo (si no está prevenido), el libro contiene mucha literatura. Más, me atrevo a decir, que en los libros que antecede (que también continúan el formato de diario secreto). Es más… ¡los diarios secretos son un manual de escritura!

A lo largo de sus páginas, el relator (además de sus historias entre bragas) va contando sus penurias y su lucha por convertirse en escritor. Se cae y se levanta mil veces. Y en sus intentos, se ve el surgir de una voz propia, de un estilo. Tan atractivo y adictivo que tienta imitarlo.

Leyendo para evitar pensar que estoy sobre toneladas de metal a miles de metros de altura

Leyendo para evitar pensar que estoy sobre toneladas de metal a miles de metros de altura

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Fotos de Cuba: Buscando un libro de análisis matemático en la biblioteca de la Universidad de La Habana

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Los alucinantes viajes en el tiempo de los EE.UU.

Los alucinantes viajes de los EE.UU.En el número 14 de la revista Orsai, leí un cuento buenísimo. Se titulaba “La gran estafa” y el título fue lo único que no me gustó (muy quemado, pensé). La historia era brillante y luego de leerla de un tirón, busqué al autor.

No recordaba haber leído nada suyo, aunque sí lo había hecho; en el número 1 de la misma revista.

Rafael Fernández es un escritor español que tiene su hogar en una playa recóndita y vive de la venta de sus libros en Internet.

Cuando le escribí para felicitarlo por el relato, me pidió que le mande fotografías de las páginas en la revista, ya que no la había recibido aún.

El cuento en cuestión, más un capítulo nuevo, forman la primera parte del libro. No quiero adelantar nada de la trama, pero basta decir que será una delicia para los fans de Elvis, The Beatles o Mickel Jackson. Hay un detalle que, cuando lo leí por primera vez, me pareció genial. En el libro en papel pasa en la página 50. En ese momento el lector (al menos es lo que me pasó a mi) ata dos cabos y tiene una epifanía.

La segunda parte la leí en los avances de una revista que el autor va a publicar en algún momento. Al igual que me pasó con la primera, no pude hacer nada más hasta que terminé de leerla. Es una película de acción y viajes en el tiempo hecha de palabras que cuando tocan tu cerebro se convierten en imágenes y sonidos. Lo único que no me gustó fue el destino de mi personaje preferido.

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Conclusión: un autor valiente reescribe la historia de los Estados Unidos como una ficción de viajes en el tiempo y te entretiene desde el principio hasta el final.

Advertencia: su lectura requiere una mente abierta, pero mucho menos que el resto de su escandalizadora obra.

El libro está agotado en papel, pero pueden comprarlo para Kindle.

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El primer romántico (un cuento por el día de la mujer)

En una aldea al lado de un río, hace cientos de miles de años, vivía
Urgh. Le habían puesto ese nombre porque ese había sido el ruido que hizo
su madre cuando Urgh salió de entre sus piernas. El idioma era sencillo
por esos días. Por ejemplo, «dolor» se decía «arrgh» porque ese era
el quejido que alguien había hecho cuando se le cayó una piedra en el pie.

Así como el idioma era sencillo, las relaciones entre humanos también
lo eran. De chico Urgh había visto cómo trataba su papá a su mamá y
en la adolescencia intentó hacer lo mismo. A pesar del hecho de que sus
compañeros lo practicaban regularmente y comentaban las satisfacciones
obtenidas, a Urgh le hacía un poco de ruido eso de elegir una hembra del
montón, pegarle un garrotazo en la cabeza, arrastrarla de los pelos hasta
el interior de su cueva y en la oscuridad poseerla.

Lo había intentado un par de veces, pero el resultado nunca había sido
como lo esperaba. Una vez golpeó muy despacio y la hembra se despertó
mientras era arrastrada, lo mordió y huyó corriendo. Otra vez golpeó muy
duro y la hembra no se despertó más. Tenía que haber una técnica mejor.

Urgh estaba cavilando estas ideas, sentado, con un pie en el río, cuando
Eigh se le acercó y empezó a beber agua. La miró un buen rato hasta que
se animó a hacer la pregunta que tenía en su cabeza desde hacía tiempo.

—Eigh, ¿a ustedes les gusta que les peguemos en la cabeza?

Eigh lo miró atónita, como si hubiese dicho una blasfemia, pero luego se
inclinó para un costado, como si estuviera pensando y le contestó.

—No, la verdad que no. Por lo menos a mí no. Creo que a mi mamá y a mis
hermanas tampoco.

—¿Y qué te gusta, Eigh?

—No se… las flores. Las de color lila.

Urgh se fue corriendo y en menos de un minuto regresó con un racimo de
flores lilas mezcladas con un poco de pasto y tierra que había arrancado. Le
extendió el brazo a Eigh y se las dio.

—Tomá, para vos.

Eigh desconfió un poco, pero luego las tomó. Se las acercó a la nariz
y las olfateó. Se sonrió y un color rojo le brotó de las pálidas
mejillas. Miró a Urgh y volvió a sonreír. En ese momento Eigh sintió
un incontenible deseo de saltar encima de Urgh. Pero no lo hizo.

—Bastante bien —le contestó—. Los hombres tienen que ser así, dulces.

—¿Dulces?, ¿como las naranjas? —-preguntó Urgh y se chupó el antebrazo
para investigar a qué sabía.

—No, no dulces así. Suaves.

—¿Como los conejos?

—¡No, Urgh! Suaves, así —Y acarició la mejilla peluda de su compañero
con el dorso de su mano.

Urgh se puso muy nervioso e instintivamente tanteó el suelo en busca de
su garrote.

Eigh se dio cuenta de estos movimientos e instintivamente le tomó la
mano y se la apoyó en su pecho. Los dos cavernícolas se miraron y se
sonrieron. Luego se fundieron y fue la primera vez que Urgh poseyó a una
hembra. Eigh por su parte, había disfrutado de esa miel de la que solo había
probado unas gotas cuando se despertaba de los garrotazos. Esa noche se fueron
a vivir a la misma cueva. Urgh se había convertido en el primer romántico.

Al otro día, Urgh, fascinado con su descubrimiento, no veía la hora
de seguir experimentando. Inventó nuevos regalos y conquistó a muchas
jovencitas del valle. Collares de diente de sable, bocadillos de mamut
y perfumes de distintas flores que no servían para comer. Su índice de
conquistas era tan superior al de sus amigos garroteros que pronto todos
empezaron a pedirle consejos. Ese día incluso se fueron a una aldea vecina
a probar sus técnicas. Urgh pasó de ser el primer romántico a ser el
primer casanova.

Volvió a su cueva muy entrada la noche, cansado y extasiado. Eigh lo
esperaba en la puerta con el garrote que él había dejado.

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Lo que es mejor a orillas del Paraná que en París – Juan José Saer

A orillas del ParanáDe Papeles de trabajo 2.

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For writing real-world code, what you want is aggressive optimization, and access to libraries for up-to-the-minute solutions to real-world problems. For a course, what you want is a crystal-clear language that highlights the computer science ideas without hiding them in a cloud of syntax or library details.

Traducción libre: Para escribir código en el mundo real, lo que se necesita son optimizaciones agresivas y acceso a bibliotecas con las últimas soluciones a los problemas del mundo real. Para un curso, lo que se necesita es un lenguaje transparente como un cristal que muestre las ideas de las ciencias de la computación sin esconderlas en una nube de sintaxis o detalles de bibliotecas.

http://www.cs.berkeley.edu/~bh/proglang.html

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